El Festival de Teatro en Camagüey nos pondrá en contacto con nuevos monólogos, y será un pretexto para reflexionar una vez más sobre el tema.

Imagen: La Jiribilla

Teatro Estudio Macubá
 

De entre lo visto en los últimos años en la escena nacional, sobresale una puesta no precisamente capitalina, nada menos que una coproducción entre el santiaguero Teatro Estudio Macubá y el colectivo francés Akwaba-Ka-Théatrese, los cuales se unieron para llevar a escena, en Santiago de Cuba, una pieza bien conocida: Los monólogos de la vagina, de Eve Ensler, dentro de una puesta que titularon simplemente Mujeres, un homenaje a ellas. Christine Matos, del segundo colectivo, fue la directora artística invitada para poner en escena esa pieza con el grupo que en esta cálida ciudad oriental lidera Fátima Patterson.

El resultado es una puesta inteligente, audaz, que puso una vez más sobre el tapete la necesidad de hablar (o mejor, dialogar) sobre quien ha sido condenada al silencio desde que el mundo es mundo, y como si fuera poco, ha sido inmovilizada, invisibilizada y discriminada por células patriarcales y machistas que empiezan en el hogar y terminan en los más amplios espacios de la sociedad.

Mérito inicial de este montaje ha sido el conferir a las voces, como el propio título indica proyectadas teatralmente mediante monólogos, una sobreimpresión o intersección que les ha aportado un sentido mucho más dinámico desde el punto de vista escénico: la vieja prostituta, la loca, una prisionera, la escritora, una muñeca, la co-esposa, la profesora, la repudiada son algunas de las féminas que intercambian exigencias y quejas, todo con un alto nivel literario que hace de la pieza, en tanto literatura dramática, una obra notable.

La vagina es sinécdoque (tropo literario y artístico que intercambia la parte con el todo, emblematizando indistintamente uno u otro) o alegóricamente, habla desde la más llana literalidad, para sembrar en el auditorio la duda, la autoevaluación, la mirada introspectiva y multilateral (hacia la sociedad toda, hacia el núcleo familiar y laboral, hacia el interior de las parejas) sobre necesidades que aún hoy mismo siguen latiendo.

A veces en coro, otras en intercambio verbal, o acaso en soliloquios que se espetan a la cara del espectador (nunca indiferente), el espectro que abarca este reclamo feminista es amplio, como los propios personajes suponen: la mujer africana, convertida en todo un mueble con “valor de uso” limitado; la madre mutilada, de allí mismo, que prepara una fiesta para perpetuar el acto en su propia hija, y así de generación en generación, la de Afganistán, repudiada cuando se cansa de compartir el lecho y los (¿) derechos; la ramera que comprueba tristemente cómo acabó su tiempo dentro de una “profesión” en la que el retiro equivale al desempleo absoluto, al desamparo; la esposa a la que fuerzan a un matrimonio indeseado; la intelectual que lleva al papel sus inquietudes y problemas; la madre involuntaria; la que extravía la razón ante el peso de la culpa y el maltrato; la maestra que trasmite en las aulas algo más que planes docentes o libros gastados por la tradición injusta; la marioneta sólo empleada como objeto de placer…son algunas de las mujeres que suben a escena y cuyas vaginas lanzan verdaderos manifiestos.

La puesta de Christine Matos resultó cuidadosa en la alternancia y combinación de voces y participaciones, de modo que apreciamos indudable coherencia en el discurso; el apoyo escenográfico, con accesorios muy prácticos y cómodos para la dinámica escénica, y el vestuario (con presencia acentuada del naranja que se acerque a la tonalidad del miembro físico); la música y el sonido, complementando más que incursionando en énfasis innecesarios, son recursos expresivos que aportan lo suyo al feliz desarrollo de la representación.

La propia espontaneidad de la misma actuó tal correlato de los monólogos, siendo ellos tan irreverentes (en el mejor sentido), tan diáfanos, tan espontáneos: el modo, digamos, en que legitiman el placer sexual sin falsos pudores ni innecesarios eufemismos; en que combinan lo trágico o lo serio con el humor y lo (aparentemente) frívolo: la vagina toma el poder, la mujer que representan muchas veces (cuando no habla, como hemos dicho, literalmente) renuncia a ser costilla y se presenta como una parte del cuerpo mucho más útil y (auto)suficiente.

“Cuando una de ellas habla —escribe Matos en el programa de mano— las otras forman un coro que renuncia de manera caricatural a las orejeras de la sociedad, que toma a broma las aventuras vaginales, la injusticia sexual, que vive y canta las escenas de lo cotidiano o simplemente se identifica con el autor de nuestros sufrimientos y de nuestros placeres: el hombre”.

Como es de suponer, en una puesta así las actuaciones no pueden darse el lujo de ser meramente correctas o discretas; tienen que sobresalir, que imponerse, que saturar el escenario y la sala toda, y es aquí donde la labor de Fátima, Teresa García Tintoré, Risset Mineto Allende, Consuelo Duany Patterson y Yamilée Coureaux Bargalló se torna superlativa: rotando sus diversas mujeres, protagonizando unas veces y otras formando parte del coro, sobresalen por labores ajustadas y sensibles, plenamente identificadas con sus variados roles, compartiendo con sus homólogas en la platea y contribuyendo a concientizar al auditorio (masculino) sobre las necesidades y conflictos femeninos.

Con Mujeres, Teatro Estudio Macubá se anotó una indudable victoria, al sumarse al movimiento escénico contemporáneo con personalidad y originalidad, mientras ofrecía otra modalidad audaz y pertinente para el monólogo: la asunción de este de manera colectiva, conformando una puesta que poco tiene que envidiarle a las que lo son desde su propia escritura.

 

http://www.lajiribilla.cu/articulo/8816/cuando-una-sola-persona-sintetiza-el-teatro

 

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